Al FMI tampoco le cierra la mentirosa medición de la inflación

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6 febrero, 2026
Las dudas del Fondo Monetario Internacional sobre cómo se mide la inflación en la Argentina se convirtieron en uno de los ejes más sensibles de la revisión del programa acordado con el gobierno de Javier Milei, al punto de exponer una desconfianza que atraviesa todo el rumbo económico oficial, en medio del anuncio libertario del polémico acuerdo comercial con Estados Unidos. Mientras la Casa Rosada intenta mostrar disciplina fiscal, apertura externa y alineamiento geopolítico como credenciales suficientes ante los mercados, el organismo multilateral pone el foco en un problema más básico y a la vez más grave: la nula credibilidad de las estadísticas que sostienen el ajuste.
Ese clima quedó reflejado en el inicio de una ronda de reuniones técnicas de la misión del FMI en Buenos Aires, que comenzó a evaluar el grado de cumplimiento de las metas fiscales, monetarias y externas en un contexto marcado por desvíos en la acumulación de reservas, tensiones cambiarias persistentes y una economía que sigue mostrando fragilidad estructural. A las discusiones habituales sobre déficit, dólares y financiamiento, esta vez se sumó un punto que incomoda especialmente al Gobierno, la forma en que se calcula el Índice de Precios al Consumidor (IPC).
Según trascendió, desde el FMI expresaron serios reparos sobre la decisión de no actualizar la canasta ni los ponderadores del IPC, una metodología que el Ejecutivo decidió mantener, plenamente consciente que un cambio habría reflejado una inflación muchísimo más elevada. En el Fondo consideran que esa elección es sumamente peligrosa, ya que de la medición oficial dependen el ajuste de jubilaciones, salarios públicos, tarifas, metas fiscales y proyecciones macroeconómicas incluidas en el programa.
En ámbitos técnicos entienden que la negativa a revisar el método respondió a una razón política evidente, evitar que un índice más alto pusiera en cuestión el principal argumento del presidente Milei sobre la desaceleración inflacionaria. Esa tensión terminó de quedar expuesta con la salida de Marco Lavagna de la conducción del Indec, una renuncia vinculada a la resistencia del organismo a convalidar una medición que licuara ingresos y prestaciones sociales de manera indirecta.
Desde la óptica del Fondo, el problema excede la discusión estadística. Si la inflación está subestimada, el ajuste fiscal aparece artificialmente más ordenado, mientras el deterioro del salario real, de las jubilaciones y del consumo se profundiza sin quedar plenamente reflejado en los números oficiales. Por eso, la preocupación por el IPC se cruza con el resto de las variables bajo revisión, desde el atraso cambiario hasta el incumplimiento de la meta de reservas, que cerró el último año con un rojo superior a los 6.000 millones de dólares en términos netos.
En ese marco, el reciente acuerdo comercial con Estados Unidos, presentado por el Gobierno como una señal de respaldo externo y modernización económica, no alcanza para disipar las dudas del organismo. Para el FMI, la apertura comercial y el alineamiento geopolítico no compensan la falta de consistencia macroeconómica ni la pérdida de credibilidad estadística, un déficit que vuelve más frágil todo el esquema.
Mientras la administración Milei insiste en exhibir la baja de la inflación como prueba del éxito del programa, el FMI observa con cautela un proceso sostenido por números cuestionados y por un ajuste que descansa, en buena medida, sobre la licuación de ingresos. En esa distancia entre el relato oficial y la lectura técnica del organismo se juega buena parte del futuro del acuerdo y también el margen político de un gobierno que prometió ordenar la economía, pero que todavía no logra convencer ni siquiera a su principal acreedor.



