La caída del Boeing 767 de Niki Lauda en Tailandia:

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223 muertos, la sospecha de una bomba narco y las revelaciones de la caja negra
Daniel Cecchini

26/05/2026 Infobae.com – Home

Campeón indiscutido y sobreviviente de uno de los accidentes más espectaculares de la historia de la Fórmula 1, antes de terminar su carrera automovilística ya había montado su propia línea aérea comercial, con una flota de aviones ultramodernos. Era todo un éxito hasta que en 1991 uno de sus Boeing 767 se estrelló en Tailandia, en la primera catástrofe protagonizada por este tipo de aeronave. Su caída generó todo tipo de teorías que iban desde un atentado por equivocación y el choque contra una montaña hasta un incendio y un error del piloto.

El expiloto Niki Lauda
“Este desastre es mucho más traumático para mí que el accidente de Nürburgring. Allí estuvo en juego mi propia vida, pero ahora 223 personas perdieron las suyas en uno de mis aviones. Sé que jamás podré superarlo del todo”, dijo Niki Lauda casi con lágrimas en los ojos frente los periodistas que lo esperaban en el aeropuerto de Bangkok. El excampeón del mundo de Fórmula 1 seguía impactado por la caída del Boeing 767-300 de su compañía aérea que había despegado el domingo 26 de mayo de 1991 a las 22:45 del Aeropuerto Internacional de Don Muang, con diez tripulantes y 213 pasajeros a bordo. La aeronave estaba a 112 kilómetros de su punto de partida cuando se estrelló en una región boscosa y de difícil acceso, cerca de la frontera de Tailandia con Birmania.

Niki Lauda era un hombre acostumbrado a las tragedias, y también a superarlas. Quince años antes, la muerte lo había tocado de cerca cuando estaba al volante de un Fórmula 1 en el circuito alemán de Nürburgring, en Alemania. Allí, a bordo del auto número 1 de Ferrari, pisó un charco de agua en la difícil curva de Kesselchen disparado a 242 kilómetros por hora y perdió el control del auto. La Ferrari patinó, rebotó contra una valla de contención y volvió hacia el centro de la pista, donde comenzó a incendiarse. Dos pilotos que venían detrás chocaron con él y otro pudo detenerse evitando la colisión. Entre los tres rescataron a Lauda del auto en llamas.

Una ambulancia lo trasladó de inmediato al hospital, con el cuerpo quemado en un 75 por ciento. Sin embargo, sobrevivió y dos semanas después estaba en su casa. Al reponerse del todo comenzó a someterse a una serie de operaciones para reconstruir los tejidos quemados. Nadie creyó que volvería a correr, pero al año siguiente ya estaba de nuevo en las pistas. Recién se retiró en 1979, pero por poco tiempo: volvió a correr otras tres temporadas, entre 1982 y 1984, cuando se coronó de nuevo campeón a bordo de un McLaren-Porsche como años antes lo había hecho al volante de la Ferrari.

Para entonces ya había fundado Lauda Air, su compañía aérea, con la que comenzó a cubrir rutas entre Europa y Asia. En 1989, gracias a la gran demanda de pasajes, engrosó su flota con cuatro Boeing 767 de última generación. Dos años después, uno de esos aviones ultramodernos era el que se acababa de estrellar cerca de la frontera de Tailandia con Birmania, en el primer accidente aéreo protagonizado por ese tipo de aeronave. Las llamas volvían a ser una pesadilla para Niki Lauda. “Estoy consternado, la tragedia humana es lo que predomina en este momento, pero si llegamos a comprobar que ocurrió una falla en el avión o un error del piloto no descarto dejar la actividad aérea”, les confesó a los periodistas.

Una llamada y un desastre
“Cometimos un error. La bomba era para un avión de United Airlines que salía de Bangkok al mismo tiempo”. La voz anónima que entró por el número directo de la Jefatura del Aeropuerto Internacional de Schwechat, en Viena, no adjudicó el atentado a ningún grupo terrorista, simplemente informó sobre la equivocación y desapareció de la línea. La llamada no parecía tener sentido y, de todos modos, ya era demasiado tarde: hacía un par de horas que la noticia de la caída del vuelo NG004 de Lauda Air veinte minutos después de despegar de Bangkok había dado la vuelta al mundo, potenciada por la identidad del dueño de la compañía aérea.

A la hora que la estación aérea austríaca recibió la llamada anónima, la policía tailandesa y varios helicópteros de la Fuerza Aérea ya estaban trabajando en la zona del desastre. “Está oscuro y las condiciones son difíciles. Hasta ahora no hemos encontrado sobrevivientes”, informaba el jefe del operativo de rescate cuando en Tailandia eran las tres de la mañana. Los testigos no se ponían de acuerdo en cómo se había producido la catástrofe. El sargento de policía Charang Palung estaba patrullando el área cuando ocurrió. “El avión se convirtió en una enorme bola de fuego en el aire, estalló como una enorme explosión de fuegos artificiales y después cayó”, dijo. Sin embargo, sus compañeros de la delegación policial de Dan Chang —un pueblo cercano— habían visto otra cosa: “Chocó contra la colina, explotó y cayó envuelto en llamas”, relató uno de ellos.

La primera versión podía encajar con la hipótesis de la bomba, de la cual las autoridades tailandesas todavía no tenían noticia; la segunda parecía indicar que la caída del avión era el resultado de un accidente. Todo era incierto, salvo que el Boeing se había estrellado. Campeón indiscutido de la Frómula 1 y sobreviviente de uno de los accidentes más espectaculares en la historia del automovilismo, antes de terminar su carrera Niki Lauda ya había montado su propia línea aérea comercial, Lauda Air.

De Viena a Bangkok
Poco después, ese mismo domingo en Viena, Lauda —que, además de dueño era el presidente de la compañía aérea— hizo su primera declaración sobre la catástrofe. “Estamos en comunicación con las autoridades de Tailandia tratando de precisar, cuanto antes, qué ocurrió. Las presunciones de que se trataría de un atentado son por el momento solo eso, presunciones”, dijo frente a las cámaras de televisión. Lo que sí podía asegurar, agregó, era que la aeronave estaba en buenas condiciones. “Se trata de un avión de última generación, muy seguro, en perfecto estado de mantenimiento, que venía operando sin dificultades desde hace 18 meses”, informó.

En ese momento, Lauda no podía dar todavía la nómina de pasajeros, pero en la oficina de la compañía aérea se distribuyó entre los periodistas una lista con las nacionalidades de algunos de ellos. Contabilizaba 84 austríacos, 55 chinos de Hong Kong, 10 italianos, 7 suizos, 6 chinos de la República Popular, 4 alemanes, 3 yugoslavos, otros tantos portugueses, 2 estadounidenses, dos filipinos, un turco, un polaco, un brasileño, un británico y un australiano.

En Tailandia, mientras tanto, la llegada de las primeras luces del día en lugar de favorecer las operaciones de rescate las complicó. Cientos de personas que no tenían nada que ver con los grupos de socorro se metieron en la zona del desastre para conseguir cualquier objeto de valor que pudieran encontrar: relojes, ropa, calculadoras, joyas, pasaportes —sobre todo europeos, que se cotizaban muy bien en el mercado negro de Bangkok— e incluso piezas del avión para venderlas como siniestros souvenirs.

El desorden era tan grande que una patrulla especial de la policía de fronteras debió acordonar el área para impedir el acceso de los oportunistas y de los simples curiosos. “Los restos del Boeing están muy dispersos. El primer paso será recuperar los cadáveres y luego nos ocuparemos del avión”, informaba por entonces el jefe del operativo de rescate.

En 1989, gracias a la gran demanda de pasajes, Lauda engrosó su flota de aviones con cuatro Boeing 767 de última generación. Dos años después, una de esas naves se estrellaría cerca de la frontera de Tailandia con Birmania dejando un saldo de más de doscientos muertos.

La hipótesis de los narcos
En la capital austríaca, los servicios de seguridad locales no demoraron mucho en descubrir el origen de la llamada anónima recibida en el Aeropuerto Internacional de Viena. Hallaron que el supuesto denunciante se había comunicado desde Alemania, más precisamente desde un teléfono público del centro de Hamburgo. Pero allí terminó la pista, porque resultó imposible rastrear más allá. “Hemos tomado con toda la seriedad del caso la llamada sobre la existencia de una bomba dentro del avión y la seguiremos investigando hasta las últimas consecuencias, pero también es necesario tener en cuenta que no se trató de la reivindicación de un atentado y que nadie se lo adjudicó. Cuando eso ocurre, es muy probable que las llamadas sean falsas”, explicó Harald Hass, encargado de prensa de la Embajada de Austria en Bangkok.

La hipótesis de un atentado contra el 767 de la compañía de Niki Lauda se vio reforzada sin embargo por las identidades de dos de los pasajeros del avión. Uno de ellos era Pairat Decharin, gobernador de la provincia tailandesa de Chang Kri, que viajaba a Austria junto con su esposa. El otro nombre era todavía más significativo: se trataba de Donald McIntosh, un alto funcionario británico del Fondo de las Naciones Unidas para el Control de los Abusos de Drogas. Si era necesario buscar razones políticas para un atentado, seguramente los investigadores podrían encontrarlas allí.

La noticia de la presencia de McIntosh en el avión rebotó con fuerza en los medios de comunicación austríacos, que casi unánimemente se inclinaron por la teoría de una venganza de narcotraficantes. “Una bomba de la mafia de la droga”, tituló en su portada, con letras tamaño catástrofe, el diario Kronenzeitung , uno de los de mayor tirada. El autor del artículo no solo ponía el acento en la presencia del funcionario británico, también agregaba un dato: la provincia de Chang Kri, gobernada por Pairat Decharin, era “una de las regiones más importantes de plantación y producción de drogas”. Y especulaba con que “probablemente el atentado fue una advertencia para otras personas que luchan contra la heroína para que no se inmiscuyan en los negocios de los barones de la droga”.

Otro gran diario, el Kurier , tituló: “¿Habrá sido la mafia de la droga la que hizo estallar el avión de Lauda Air?”. Y también el Die Presse , de orientación conservadora, apuntaba a los mismo: “Pista que lleva a los productores de drogas”, encabezó. Con semejantes titulares, la opinión pública austríaca quedó convencida de que se trataba de un atentado perpetrado por narcos.

La caída del avión de Lauda Air generó todo tipo de teorías: desde un atentado por equivocación o amenaza narco hasta el choque contra una montaña pasando por un incendio y un error del piloto.

Un juego de intereses
La posibilidad de un atentado perpetrado por orden de los barones de la droga de Tailandia venía como anillo al dedo para que Lauda Air se sacara la responsabilidad de encima, porque en ese caso las culpas recaerían sobre la seguridad del aeropuerto de Don Muang. “Para mí no hay duda de que se trató de un acto de sabotaje. Y esto lo digo debido a las características del accidente, porque de acuerdo con la información que manejamos hubo una explosión seguida de un incendio en pleno vuelo. Estos hechos nos dan la pauta de que en el Boeing pudo haber sido colocado un artefacto explosivo”, se apresuró a declarar Franz Karner, gerente de ventas de Lauda Air en Hong Kong.

Las autoridades aéreas tailandesas reaccionaron de inmediato: “Es imposible que se haya colocado subrepticiamente una bomba en el interior del aparato durante su escala en Bangkok debido a las extremas medidas de seguridad que tenemos aquí. De acuerdo con la teoría que manejamos nosotros, la caída del aparato se debió a los fuertes vientos que se registraban en la zona a la hora del accidente”, respondió Somboon Kahong, el director del aeropuerto, en una conferencia de prensa urgente.

Sin caer en el juego de intereses que llevaba a unos y a otros a sostener o desmentir las diferentes teorías, el prestigioso editor de la revista inglesa Flight International , especializada en temas de aviación, también esbozaba su opinión calificada: “Algo muy repentino ocurrió a una gran altura, y esto no es común que suceda, ya que cuando se presenta algún tipo de falla mecánica la tripulación lo hace saber al instante a la torre de control, algo que en este caso no ocurrió. Además, el radio tan amplio en el que se hallan esparcidos los restos hace pensar que hubo algo mucho más potente que un impacto del avión contra la colina. Sintetizando, en lo personal pienso que el avión se despedazó en el aire como consecuencia de una explosión”, dijo menos de 48 horas después de la caída del avión.

En medio de esa batalla de acusaciones cruzadas, los peritos que trabajaban en Tailandia guardaban silencio. Sabían que la respuesta definitiva estaba en la caja negra que acababan de encontrar en medio de la espesura del bosque. Su contenido revelaría la verdad. Apenas amaneció, horas después de la caída del avión, cientos de personas se metieron en la zona del desastre para conseguir cualquier objeto de valor que pudieran encontrar.

Un incendio y un error
El 28 de mayo, cuando Niki Lauda llegó a Tailandia, la comisión mixta de expertos ya trabajaba en el peritaje de los restos del Boeing 767. Lo que sabían sobre el vuelo no les permitía descartar la hipótesis de un atentado. El avión había despegado sin problemas y, poco después, el piloto estadounidense Thomas Welsh, comandante de la aeronave, informó que todo estaba normal por la frecuencia especial de la compañía en Bangkok.

Ese fue su último contacto antes de que el avión desapareciera de las pantallas de radar: ni la torre de control del aeropuerto ni el personal de Lauda Air en tierra habían recibido señales de socorro, como es habitual cuando ocurre un desperfecto en una aeronave en vuelo. Aún en los casos en que una situación de emergencia se desarrolla de manera vertiginosa, el piloto tiene tiempo de pedir auxilio. Welsh no lo había hecho, por lo que los expertos consideraron que no había tenido oportunidad de hacerlo. En ese caso, las posibilidades quedaban reducidas a dos: la explosión de una bomba o el estallido del depósito de combustible. Esas eran las líneas de investigación que estaban siguiendo.

La situación se aclaró el jueves 30, cuando el resultado de un peritaje demostró que uno de los motores del Boeing se había incendiado antes de que la aeronave estallara. Solo las grabaciones de la caja negra podrían decir si el piloto había tenido tiempo o no de dar aviso sobre lo que estaba pasando. La respuesta a ese interrogante llegó el 4 de junio con el informe oficial del jefe de la comisión investigadora, mariscal de la Fuerza Aérea tailandesa Suthep Thepparak: “El registro de la caja negra revela que la alarma funcionó cuando se produjo el incendio del motor. El piloto no creyó en la luz de advertencia y esperó. Si el comandante hubiera creído en la señal luminosa, podría haber apagado el motor y regresar a Bangkok a salvo”, dictaminó.

Niki Lauda no podía creerlo. Consternado, luego de visitar la zona del desastre hizo una declaración de solo ocho palabras. “Esta es la mayor crisis de mi vida”, dijo. No tenía nada más que decir: el error no lo habían cometido los supuestos terroristas que llamaron al aeropuerto de Viena sino el piloto del avión de su compañía.

En 2001, diez años después del desastre del Boeing 767, el excampeón de Fórmula 1 vendió Lauda, su compañía, al socio mayoritario, Austrian Airlines. A finales de 2003, creó una nueva empresa aérea, Niki, que cerró en 2017. Niki Lauda falleció el 20 de mayo de 2019, a los 70 años, en un hospital en Zúrich, debido a una infección hospitalaria luego de someterse a una diálisis renal.

Imagen: Infobae

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