Un avión repleto de historias: de Polonia a España con ucranianos

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14/03/2022 Clarín – Nota – Tema del Día – Pag. 8

Refugiados. Clarín estuvo en el primer vuelo del corredor humanitario de una ONG de Enrique Piñeyro para llevar a casi 300 personas que huyen de la guerra.

Marina Artusa

El avión que la va a alejar de las bombas rusas aún no despegó de Polonia rumbo a España y sin embargo Ina, de 55 años, ya está diciendo que sólo quiere «volver a casa». Es de Kharkiv (Jarkov), la ciudad ucraniana cuya Plaza de la Independencia hoy está en ruinas y de la que Ina partió en coche y autobús hace siete días con sus padres ancianos y sus tres perros.

A Sveta, como le dicen a Svetlana, no le dan los brazos para cargar a sus hijitos. El pasillo de avión resulta demasiado estrecho para su embarazo de seis meses, la mochila, la bolsa con el termo y los nenes de 5, 4 y un año y medio. Los tres quieren el mismo asiento junto a la ventanilla oval de este Boeing 787 con capacidad para 243 pasajeros. Una de las azafatas le explica a Sveta que para el despegue, los chicos no pueden amontonarse en una sola butaca.

Basilio tiene 96. Con gran fatiga y el barbijo naranja que le dieron en el aeropuerto de Varsovia en la barbilla lo ayudan a acomodarse en un asiento de primera clase. Viaja con su hija y su sobrina Olga, que se pasará las dos horas y media de vuelo repasando fotos familiares de su celular y llorando con las manos cruzadas en el pecho. Son algunas de las escenas que vivimos en el avión que el argentino Enrique Piñeyro compró para realizar tareas humanitarias. Este fin de semana logró trasladar a más de doscientos ucranianos -mujeres, niños y ancianos-, desde Polonia hasta España, en el primer vuelo de un corredor humanitario que la ONG Solidaire de Piñeyro abrió junto a la ONG española Open Arms. En poco más de dos semanas -el tiempo que Rusia lleva invadiendo Ucrania-, más de 2,3 millones de ucranianos huyeron de su país.

En este vuelo humanitario pudieron hacerlo 215 adultos, 16 niños, ocho bebés, tres perros y tres gatos que, al aterrizar en Barcelona y en Madrid, ya tenían quién los recibiera.

La organización Mensajeros por la Paz, la Fundación Convento de Santa Clara y los ayuntamientos catalanes de Badalona y Guissona pusieron a disposición de los desplazados ucranianos familias que los esperaban para darles casa y comida.
En colaboración con la Fundación Pro style en Polonia, que ayudó a reclutar a los futuros refugiados -la mayoría de los cuales cuenta con parientes o amigos en España-, el vuelo humanitario trajo a aquellos que contaban con pasaporte y, en el caso de los chicos, a quienes pudieran comprobar el vínculo con el adulto que los acompañaba. «Esto surge de la idea de hacer capitalismo disruptivo: poder hackear el método de hacer dinero y esa noción de que podés acumular ilimitadamente. Empecemos a usar objetos de lujo con otros fines como lo es rescatar gente», explica a Clarín el motivo por el que compró un avión para refugiados Piñeyro, el piloto conocido por haber denunciado irregularidades en la compañía LAPA poco antes de la tragedia de 1999 en la que murieron 65 personas.

«La logística aérea de la ayuda humanitaria es tierra de nadie. Todos subalquilan aviones viejos a precios astronómicos. Hay que tener una buena ONG que haga gestión de riesgo con pilotos de línea aérea. De ahí nace Solidaire», dice.
Enrique Piñeyro es, además, médico y filmó películas como Whisky Romeo Zulu (2004), Fuerza aérea sociedad anónima (2006) y El Rati Horror Show (2010). Lleva años haciendo un espectáculo teatral que el viernes representó en Vigo, Galicia, -Volar es humano, aterrizar es divino- y, cuando está en Buenos Aires, cocina en su restaurante Anchoíta, que montó en el barrio de Chacarita.

«No doy plata. Armo proyectos», define su estrategia. Este vuelo humanitario costó «un par de cientos de miles de dólares», calcula.

En esta misión humanitaria lo acompaña su esposa, la actriz y directora Carla Calabrese, que fue azafata y volvió a calzarse el uniforme para mimar a los refugiados a bordo.

Para algunos, era la primera vez que volaban. Apenas embarcaron, la mayoría encendió la pantalla delante de cada asiento y puso el mapa que marcaba el recorrido desde Varsovia y España. Marc pregunta si el avión hará ruido todo el tiempo. Tiene 11 años, vomita y no puede disimular el susto. Apenas lo distrae la mochila del Barça que la tripulación reparte entre los nenes más grandes.

Para los más chiquitos hay peluches: ositos con la camiseta del Barcelona que Messi lució hasta mediados del año pasado y ovejitas para las nenas, parte de la donación que el club realizó para este corredor humanitario sea posible. Su vicepresidente económico, Eduard Romeu, comparte el vuelo con los refugiados. «Hoy en día hay 65 conflictos armados en el mundo y no hay corredores humanitarios para todos», dice a Clarín Oscar Camps, fundador y director de Open Arms. «Esto ha sido organizado por la población civil y por las organizaciones.

Todas estas personas ya tienen un lugar de acogida en España», agrega. De los 239 ucranianos a bordo, 169 se bajarán en Barcelona. Los 70 restantes lo harán en Madrid.

«Si tienen familiares o amigos, les damos protección el tiempo que les pueda llevar contactarlos. En caso que no tengan ningún tipo de arraigo, el plazo de permanencia es indefinido.

Lo que dure el conflicto», cuenta a Clarín Sergio Mella, director general de Mensajeros de la Paz, la ONG española presente en 71 países que se dedica a ayudar a personas vulnerables.

La moja argentina Lucía Caram, la más aguerrida y activa del convento de Nuestra Señora de los Ángeles y Santa Clara de Manresa, en la provincia de Barcelona, también se sumó a este corredor humanitario. Hace unos días regresó de la frontera entre Ucrania y Hungría. Manejó, junto a un voluntario, 5.995 kilómetros en cuatro días para ir a buscar refugiados.

«En la frontera te das cuenta de la magnitud del drama -dice-. En el paso de la frontera es donde te pones en la piel del otro. Cuando les das un abrazo, tienen la afectividad congelada. Recién al día siguiente, más relajados, empiezan a sonreír», dice.

A las tres de la mañana, cuando el Boeing de Piñeyro toca suelo español, Nati, de la Asociación Cueva Valiente de El Espinar, un municipio a 65 kilómetros de Madrid, reparte caramelos. Se escuchan llantos y berrinches.
Los más chiquitos, que se durmieron apenas despegamos de Varsovia, se despiertan malhumorados y sin ganas de abrigarse para bajar del avión.

«Bienvenidos a España», les dice Sergio Mella, de Mensajeros de la Paz, con una palmadita en la espalda o un mimo en la mejilla a medida a que van dejando la aeronave.
«Madre, ¿dónde estamos? ¿Qué nos va a pasar?», pregunta desesperado otro nene.

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