Enfermeras en Malvinas: «Nosotras también estuvimos ahí» 

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El rol silenciado de las mujeres en la guerra

Durante la guerra les tocó vivir los momentos más duros, para luego ser obligadas a guardar silencio durante dos décadas. Después de 1982 sufrieron los mismos problemas que los soldados que habían atendido, desde las pesadillas y el estrés post traumático, hasta la indiferencia estatal y social. Las veteranas de Malvinas cuentan su historia.

“En el 82 a nadie se le ocurría mencionar palabras como ‘discriminacion’ o ‘derechos’. Estábamos en una fuerza predominantemente de hombres, y las órdenes se cumplían, no se discutían, dice Ana Masitto, que en 1980 ingresó a la fuerza aérea como enfermera en el marco de una prueba piloto en la que se buscaba incorporar mujeres por primera vez. Lo dice en referencia a silencios y a números tan dispares como los de las pensiones que reciben excombatientes de Malvinas hoy: de las más de 24.000 personas que las cobran, menos de 20 son mujeres.

A desmalvinizar

En 1982 a Ana y a otras compañeras les tocó vivir, no en Malvinas, sino en el continente, las escenas más terroríficas de sus vidas, para luego ser llamadas a silencio durante unos 20 años. Después de la guerra, sufrieron los mismos problemas que los conscriptos que habían atendido, desde las pesadillas y el estrés post traumático, hasta la indiferencia estatal y social. Dieciséis de ellas son hoy veteranas reconocidas por ley. Lo cual no significa que hayan accedido a los mismos derechos que el resto de las personas que prestaron sus servicios allí.

A ocho kilómetros del aeropuerto de Comodoro Rivadavia, poco antes de que empezara el conflicto se montó un hospital reubicable. Según les contaban en ese momento, el Ejército Argentino se lo había comprado a Estados Unidos, que lo había usado en Vietnam. Ahí Masitto y sus compañeras recibían heridos que llegaban de las islas. “Algunos quedaban internados en nuestro hospital, otros eran derivados al hospital zonal de Comodoro Rivadavia, a otros se los trasladaba directamente a otros puntos del país”, recuerda. Llegaban en su mayoría conscriptos heridos, quemados, desnutridos.

Vivirla y contarla

Los primeros días de abril de 1982 aterrizaron en el hospital reubicable, primero, cinco mujeres, y después otras tantas, todas con el grado de cabo primero. Entre ellas estaba Alicia Reynoso, que tenía 23 años. Alicia permaneció en Comodoro Rivadavia hasta mediados de junio de ese año. Desde ahí, sin aviso, la mandaron a la Escuela de Aviación Militar en Córdoba, donde la instruyeron como oficial, sin que nadie tuviera en consideración que venía de la guerra. No pudo ver a su familia -que estaba a pocos kilómetros-, y no le dieron ningún tipo de contención ni asistencia.

“Apenas terminó la guerra hubo una desmalvinización, que vivimos en carne propia con mis compañeras. La orden era: ustedes no vieron nada, olvídense de todo lo que pasó. Conscientes o no ya estaban gestando además todo el operativo de negar a las mujeres que participamos. Seguramente pensaban: ‘cuando empecemos a cobrar, nos vamos a encargar de que cobren los amigos’”, dice Alicia, cuya historia, junto a la de Ana Masitto y la de Stella Morales, fue contada en la película Nosotras también estuvimos, de Federico Stifezzo, estrenada el año pasado.

Después de la guerra Alicia estudió radiología y conoció al suboficial con el que se casó. Pero para hacerlo tuvo que pedir la baja a su grado y continuar como agente civil de la Fuerza, como enfermera profesional. “Seguí como militar hasta el 86. Ese año me enamoré de un subalterno y me hicieron pedir la baja porque no se podían mezclar ‘las castas’. Yo era oficial de la fuerza aérea y mi exmarido, suboficial”.

Juicios pioneros

En todos esos años, al igual que las demás, Alicia jamás habló de la guerra. Guardó sí recuerdos como un pedacito de avión enemigo, las cartas de su familia y las fotos en las que se la ve con el uniforme. Pero la directiva era no contar nada. “Y así lo hice hasta 2009, cuando decidí iniciar un juicio contra la Fuerza Aérea por discriminación, ya que mis compañeros varones que habían estado en el mismo lugar y haciendo las mismas cosas habían recibido todos los beneficios sociales y nosotras no“.

El año pasado, en mayo, quedó firme la sentencia que la reconoce como veterana con las asignaciones sociales incluidas. Dos meses después se conoció también la sentencia de su compañera, Stella Morales. Fueron los dos primeros juicios en relación a Malvinas con perspectiva de género. Ambas habían sido previamente reconocidas, en 1990, con la ley 23118 -que ordenaba entregar una condecoración a todas las personas que pudieran acreditar su participación en la guerra-. Pero el diploma y la medalla no vinieron de la mano de un reconocimiento completo como veteranas.

“Y esto fue así porque se ‘olvidaron’ de ponernos a las listas para obtener la pensión honorífica. No se olvidaron de los médicos, por ejemplo, pero sí de todas las enfermeras. Y si bien ya hace un año que gané ese juicio, sigo esperando el turno de Anses para poder cobrar, tantos años después, por primera vez mi pensión”, lamenta.

“Si no hablábamos ahora, ¿cuándo?”

Stella Morales es cordobesa, estudió en la escuela de enfermería de Villa María. Empezó a trabajar en esa ciudad y en 1981 ingresó como enfermera de la Fuerza Aérea. “En 1982 fuimos convocadas por el gobierno de facto a Malvinas. Nos llamaron porque estábamos preparadas para hacerlo. Pero cuando volvimos, decir que habías estado ahí era como una mala palabra en el ámbito militar, me imagino que por la derrota. Cada una volvió a su espacio y lo curioso es que interiorizamos el silencio a tal punto que tampoco hacíamos comentarios entre nosotras. Supongo que por el dolor que seguimos sintiendo”.

“Luego empecé a trabajar como enfermera en distintos sanatorios hasta que me casé y tuve hijos. Más allá de mostrarle alguna vez a mi familia las notas que nos hicieron entonces en las revistas Para ti y Radiolandia, jamás profundicé en el tema. Tampoco se hablaba en general. Y los varones que habían estado con nosotras, que incluso escribieron libros, no nos nombraban, no existíamos”.

Y así fue hasta que a principios de la década del 2000, Alicia Reynoso la convocó. “Mirá todos los años que pasaron. Eran tiempos de empezar a contar que nosotras también estuvimos ahí. Muchas son ya abuelas… si no hablábamos ahora, ¿cuándo?”, plantea.

–¿Qué escenas de la guerra les quedaron grabadas?

Stella: –Me acuerdo sobre todo del dolor de sentirme inútil por no poder cumplir con el pedido de los soldados. Salimos de madrugada y no sabíamos adónde íbamos. Los militares tienen esa maldita costumbre de decirte “prepare el bolso” y no te dicen dónde vas. Fuimos a buscar soldados y solo llevábamos un termo con té. Uno me pidió comida y tuve que decirle: solo tengo té. Me dijo: no hay problema, sacá de mi bolsillo que tengo comida. Era un pedazo de pan duro.

Alicia: –Los soldados nos contaban la verdad. Tenían ropa impensable en ese clima. Se me hiela la sangre cada vez que pienso que eran chicos un poco más grandes que mis nietos hoy. Algunos sin una mínima instrucción. Muertos de miedo y de dolor. Cuando los bajaban de los aviones el grito que más se escuchaba era “mamá”.

Fuente: pagina12.com.ar

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