La Armada Argentina sin aviación de Caza y Ataque: ¿Cuáles son las alternativas para su recuperación?

zona-militar.com / 6 septiembre, 2026
Por Germán Alejandro Romero
Tras la decisión de retirar definitivamente los Super Étendard durante el pasado mes de agosto, la Armada Argentina se afronta ahora a una nueva etapa sin Aviación Naval de combate. La medida, incluida en el “Plan Dédalo”, deja a la fuerza sin aviones de combate de ala fija y sin un reemplazo definido para la capacidad de ataque antibuque.
La situación representa un punto de inflexión para una capacidad que durante décadas estuvo vinculada con la Flota de Mar. Desde los primeros portaaviones hasta los Super Étendard, la Armada Argentina desarrolló distintos modelos de empleo aeronaval. Sin embargo, esas capacidades se redujeron de manera progresiva hasta llegar al escenario actual. Pero antes de comenzar con el desarrollo en sí mismo, nos debemos preguntar ¿Qué se quiere recuperar? ¿Y cuál es el objetivo con la hipotética incorporación de nuevos aviones de combate para la Aviación Naval de la Armada Argentina?.
Como veremos a continuación, desde hace más de 30 años que la Argentina ha perdido la capacidad de la Aviación Naval Embarcada tras la baja del ARA 25 de Mayo. Por lo que cualquier tipo de incorporación de sistemas de armas para reemplazar a los Super Étendard estaría limitado en su alcance, dado que inevitablemente debería despegar desde la costa, es decir, que no se cuenta con la capacidad de proyectarse hacia el océano.
¿Con esta situación estoy insinuando que la incorporación de aviones de ala fija para la Armada, sin contar previamente con un portaaviones, es un despropósito? Para nada. Nada más lejos de la realidad. Contar con una Aviación Naval por más que sea costera, genera el conocimiento técnico, la operatoria diaria y el entrenamiento de pilotos dentro la fuerza, es decir que genera una dinámica mucho más pulida para cuando se dé el próximo paso, que sea la incorporación de un sistema que permita esa proyección hacia mar abierto.
De los portaaviones a la pérdida del ala fija
La Aviación Naval alcanzó una de sus principales capacidades durante la segunda mitad del siglo XX. La incorporación del portaaviones ARA Independencia en 1958 permitió proyectar aeronaves sobre el mar, mientras que el ARA 25 de Mayo, incorporado en 1968, mantuvo la operación de aeronaves de ala fija embarcadas.
Durante esa etapa, la Armada empleó aeronaves como los A-4Q Skyhawk, los S-2 Tracker y posteriormente los Super Étendard. Los A-4Q comenzaron a operar desde el ARA 25 de Mayo en 1972, mientras que los Super Étendard llegaron a partir de 1980 para reforzar la capacidad de ataque aeronaval.
La Guerra de Malvinas demostró la importancia de esa combinación de medios. Los Super Étendard emplearon misiles AM-39 Exocet contra unidades británicas, mientras los aviones Neptune aportaron información para localizar objetivos. El ataque contra el HMS Sheffield del 4 de mayo de 1982 se convirtió en uno de los principales ejemplos de empleo conjunto entre exploración y ataque.
Después del conflicto, los Super Étendard continuaron operando desde el ARA 25 de Mayo hasta que el portaaviones dejó de realizar operaciones. El buque ingresó en un proceso de reformas en 1988 que nunca concluyó, lo que terminó con la capacidad argentina de operar aeronaves de combate de ala fija desde una cubierta naval.
La pérdida del portaaviones modificó así el concepto de empleo de la Aviación Naval. Los Super Étendard mantuvieron una función terrestre, pero la Armada dejó de disponer de un grupo aéreo embarcado capaz de acompañar a la Flota de Mar. Con el paso del tiempo, además, la disponibilidad de los cazabombarderos disminuyó hasta su actual retiro.
Plan Dédalo y el escenario posterior al Super Étendard
El Plan Dédalo formalizó durante agosto la reorganización de la Aviación Naval para los próximos cinco años. El programa contempla la incorporación de P-3C Orion, B-360, helicópteros AW109 y sistemas aéreos no tripulados V-BAT. Al mismo tiempo, establece la baja progresiva de distintas plataformas antiguas.
Un avión Super Étendard de la Armada Argentina se prepara para aterrizar brevemente en la cubierta de vuelo del portaaviones de propulsión nuclear USS Abraham Lincoln (CVN-72). El avión participa en ejercicios de aterrizaje y despegue a bordo del Lincoln durante la circunnavegación del buque alrededor de Sudamérica.
Dentro de ese proceso, la Armada confirmó el retiro definitivo de los Super Étendard durante 2026. Los cinco Super Étendard Modernisé adquiridos a Francia en 2019 tampoco consiguieron recuperar su capacidad de vuelo. Entre las dificultades figuraron componentes críticos de los asientos eyectables Martin-Baker, sujetos a restricciones británicas de exportación.
El Reino Unido mantiene desde 1982 restricciones sobre las exportaciones militares hacia Argentina. Aunque Londres modificó parte de esas medidas en 2018, estableció que continuaría rechazando licencias para bienes destinados a incrementar la capacidad militar argentina cuando afectaran sus intereses de defensa y seguridad.
Por esa razón, la experiencia del Super Étendard introdujo una variable adicional en cualquier futura adquisición. No alcanza con evaluar solamente el avión y su armamento. También resulta necesario analizar el origen de sus componentes, las licencias de exportación y la autonomía logística que el sistema puede ofrecer durante varias décadas.
F/A-18 Super Hornet, Rafale y la alternativa no tripulada
Una eventual solución estadounidense podría estar representada por el F/A-18 Super Hornet. Se trata de un avión concebido para operaciones navales y actualmente empleado por la Armada de EE.UU., aunque su incorporación por Argentina implicaría una inversión considerable en infraestructura, entrenamiento, armamento y sostenimiento. Destacando además, que este sistema es bimotor, por lo que tiene mayor empuje para estabilizarse sobre el mar que presenta vientos fuertes en algunos momento y es capaz de transportar más cantidad de armamento.
No obstante, al ser bimotor el mantenimiento de dicha aeronave es más costoso, comparándolo por ejemplo con los F-16AM/BM MLU monomotor que está incorporando la Fuerza Aérea (al tener un solo motor, también las prestaciones se ven reducidas). Otra desventaja que presenta esta opción es que su fecha de terminación de producción está fijada para el año que viene, por lo que no se podrá obtener unidades nuevas y los repuestos quizás resulten más complejos conseguirlos.
El F/A-18 también tendría una dimensión geopolítica. Su adquisición profundizaría la interoperabilidad con Estados Unidos y podría integrarse con la creciente relación militar bilateral. En abril de 2026, la Argentina participó en ejercicios Passex junto al portaaviones USS Nimitz, actividad que incluyó demostraciones con F/A-18 Hornet y helicópteros MH-60 Seahawk.
Una segunda alternativa sería Francia mediante la familia Rafale, que también es bimotor (por lo que presenta las ventajas y desventajas del F/A-18). El Rafale permitiría mantener una relación con la industria francesa que ya tiene antecedentes en la Armada Argentina. Además, su versión naval opera desde portaaviones, aunque Argentina debería distinguir entre recuperar una capacidad de combate terrestre y reconstruir una verdadera aviación embarcada.
Y continuando con la línea de la relación entre Argentina y Francia, vale la pena destacar que la Armada Argentina tampoco cuenta con capacidad submarina tras el fatal accidente del ARA San Juan en el 2017. Por lo que también estaría buscando recuperar dicha capacidad y 2 candidatos son los que resuenan con más fuerza: por un lado el Tipo 209 de TKMS, pero por otro lado el submarino francés Scorpène de Naval Group. Por lo que, de materializarse esta adquisición en submarinos, la Armada Argentina no miraría con malos ojos que el principal proveedor de dicha Fuerza sea París.
El TB3 ya realizó demostraciones desde el buque turco TCG Anadolu, incluyendo operaciones autónomas y ataques contra objetivos de superficie durante el ejercicio Steadfast Dart 2026 de la OTAN. Además, Brasil mantiene conversaciones con Turquía sobre una posible incorporación del sistema, aunque todavía no existe un contrato público que confirme su adquisición.
Una decisión que también tendrá dimensión geopolítica
La elección de un futuro sistema para la Aviación Naval excedería la incorporación de una plataforma. Un sistema estadounidense reforzaría la relación estratégica con Washington, mientras una solución francesa profundizaría los vínculos de defensa con París. Una alternativa turca, por su parte, abriría una relación tecnológica diferente con una industria que ha ganado presencia internacional en sistemas no tripulados.
En ese esquema, los sistemas chinos aparecen como una alternativa de menor probabilidad bajo la orientación actual de la política exterior argentina. El Gobierno de Javier Milei ha profundizado su relación estratégica con Estados Unidos y mantiene diferencias políticas con Beijing, aunque China continúa siendo un socio económico relevante para Argentina. Por ello, una adquisición militar china implicaría una señal política difícil de compatibilizar con la actual orientación de Defensa.
Existe además una cuestión específica relacionada con el Reino Unido. La experiencia de los Super Étendard demostró que una plataforma de origen francés puede quedar condicionada por componentes británicos. Por ese motivo, cualquier futura selección debería considerar desde el inicio las cadenas de suministro, las licencias de terceros países y la posibilidad de mantener el sistema sin autorizaciones externas durante una crisis.
La alternativa turca introduce otro elemento relevante. El TB3 no reemplazaría de manera equivalente a un cazabombardero tripulado como el Super Étendard. Sin embargo, podría aportar persistencia, reconocimiento y ataque desde buques, especialmente si la Armada avanzara hacia una concepción de aviación naval basada en sistemas distribuidos y no tripulados. La reciente evolución del sistema demuestra que esta posibilidad dejó de pertenecer exclusivamente al ámbito experimental.
La transferencia tecnológica como variable central
La discusión sobre el futuro de la Aviación Naval Argentina, por lo tanto, no debería limitarse al modelo de aeronave seleccionado. El aspecto industrial adquiere especial importancia porque una compra sin participación local mantendría la dependencia externa durante todo el ciclo de vida. La experiencia de los Super Étendard muestra las consecuencias que puede generar esa dependencia cuando existen restricciones sobre componentes críticos.
Una eventual adquisición podría incorporar mantenimiento local, fabricación de componentes, integración de sensores, desarrollo de software y capacitación técnica. También podría contemplar acuerdos para producir determinados subsistemas o municiones en Argentina. El objetivo sería transformar parte del gasto de adquisición en una capacidad industrial permanente.
El desafío para la Armada Argentina consiste entonces en recuperar una capacidad de combate aeronaval sin reproducir las vulnerabilidades del pasado. El sistema elegido puede ser estadounidense, francés, turco u otra alternativa compatible con los requerimientos nacionales. Sin embargo, además de su desempeño operativo, deberá evaluarse su sostenibilidad, autonomía logística, interoperabilidad y potencial de transferencia tecnológica.
La decisión también definirá qué tipo de Aviación Naval pretende desarrollar Argentina durante las próximas décadas. El camino puede conducir hacia una recuperación de aeronaves tripuladas de combate, hacia una arquitectura mixta con sistemas no tripulados o hacia una combinación de ambas capacidades. En cualquiera de esos escenarios, la transferencia tecnológica será un componente relevante para convertir una adquisición de material en una capacidad militar sostenible.



